martes, 21 de febrero de 2012

Encuentro en el metro tren

                                                                                Edith Moncada

        
                                                             Tan bella y apetecible como nunca la había  visto,
                                                                pero ya inalcansable.

Ella permaneció impávida, fría  como una lápida, no correspondió a su beso.
(Qué beso tan hipócrita, cómo podía hacerlo, después  de lo que había hecho, pensó.)
_ ¿Qué le ha ocurrido a usted, Berta?
_ Nada que a usted le interese supongo, dijo Berta, y se apartó sutilmente, dejando a Gonzalo, totalmente  desarmado.
La miró en silencio por  unos  segundos.
 Ella con un ademán de indiferencia dueña  de sí misma, se irguió con feminidad, realzando su busto que se levantó turgente por encima de la blusa blanca con encajes, alzó su vista por  el paisaje a través del ventanal. Su cara era tan bella que hizo temblar a Gonzalo.
Se dijo para sí; quiere hacerme pagar nuestra  ruptura, es una actitud femenina.
_ Debo reconocer que estás  muy  bella Berta.
_ ¡Gracias  ya me lo han dicho!
Se sonrió, y le gustó ese  aire de importancia y seguridad que  mostraba.
Siento mucho lo ocurrido Berta, la verdad creo que obré muy  precipitadamente aquella noche  que te culpé de  algo sin importancia.
_ Tú no hiciste nada, fui yo la culpable, ¿no lo recuerdas?
Los años  me han cambiado y también mi manera de pensar. No recuerdo exactamente lo qué pasó, simplemente lo he olvidado.
_ Haces  bien en olvidarlo, ya  pasó dice,  sonriendo irónicamente.
Por  supuesto  querida, solo tenemos el presente, ni siquiera existe el futuro, es más  no sabemos como se presentará.
Cada movimiento de ella era como un acicate a su virilidad, se sentía atraído. La veía  tan apetecible, sus curvas  se dibujaban por debajo de sus  ropas, de la muchachita  delgaducha  y sin gracia que el había  conocido no quedaba nada.
Se acercó   colocando su mano temblorosa en la pierna de Berta.
Le mira fijamente, saca con cuidado su mano y dice: También los años te han puesto tembloroso. Increíble lo que sucede con el tiempo. Se pone de pie y se cambia de asiento, dejando sin palabras a Gonzalo.
Estoy dispuesto a casarme  nuevamente contigo Berta. Estás  tan divinamente encantadora que ya no podría  bajarme de este tren sabiendo que no estaremos  juntos.
 _Siento decirte  Gonzalo que eso ya no es posible.
_ Nada de imposible  Berta  querida, recuerda el tiempo pasado, fue  feliz.
_ Desgraciadamente  para ti,  ya no puede ser.
_ Berta querida, no me hagas  sufrir. No te das cuenta, que por ti haría cualquier cosa. Pídeme lo qué quieras, yo tus deseos  cumpliré.
Ella le mira con desgano diciendo: Guardé  muy  bien las apariencias, al parecer  nunca te has enterado de nada. ¿Verdad?
_ En eso tienes  mucha  razón,  has  cumplido  muy bien lo acordado.
 _Entonces  no me ruegues,  ni me digas  que cumplirás  mis deseos, yo, no necesito de tu dinero, se muy bien valerme  por  mí misma.
_Perdóname  no sabía el daño que me hice  al perderte. ¡Dame  otra oportunidad!.
Pues bien, visíteme. Saca de su bolso una tarjeta. Se pone de pie. Hemos  llegado. Buen día Gonzalo,. Desciende envuelta en su ropaje como una reina.
La ve descender y perderse con paso altivo entre la multitud. Mira la tarjeta, esta dice: Madame: Claudette de Claire , esposa de Benjamín Motrou.


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